jueves, 16 de mayo de 2013

LA PRINCESA Y SUS CUATRO VESTIDOS

Érase una vez un rey llamado Enrique que era valiente, guapo…y tenía una esposa llamada Isabel que tenía el cabello muy largo, de oro como el sol, los ojos azules como el mar y era tan hermosa que no había otra igual en la tierra. Y estaban muy enamorados pero les faltaba algo...una hija. Pasó un tiempo, y la reina se quedó embarazada.
a los pocos meses de nacer su hija llamada Laura, la reina se puso enferma y, cuando sintió que iba a morir, llamó al rey y le dijo:
—Enrique, te tengo que decir una cosa, cuida de nuestra hija y cuando tenga edad suficiente para valorar las cosas dale este collar que he preparado. La reina había preparado un cadenita de oro y en ella había puesto una medalla de la virgen, un trébol de tres hojas y su anillo de bodas, y tu deberías casarte pero prométeme que no tomarás por esposa a otra que no sea tan bella como yo y que no tenga mis mismos cabellos de oro.
El rey estuvo muy mal durante mucho tiempo, y no pensó en tomar otra mujer que en su reina. Finalmente, los consejeros del rey dijeron: —No hay otra salida. El rey debe casarse de nuevo para que tengamos nueva reina.
A continuación se enviaron mensajeros a todos lados para buscar una novia que pudiera igualarse en belleza a la reina muerta. Pero no se pudo encontrar ninguna que fuera igual y, aunque la hubieran encontrado, no había ninguna otra que tuviera sus mismos cabellos de oro. Así que los mensajeros regresaron con las manos vacías sin cumplir el encargo.
El rey veía que su hija crecía y que era tan hermosa como su madre y tenía sus mismos cabellos de oro. Cuando se hizo mayor, uno de los consejeros del rey que llevaba unos días contemplando lo guapa que era, decidió hablar con el rey y contárselo: —Quiero casarme con su hija, puesto que es bellísima y estoy enamorada de ella, y en ningún lugar puedo encontrar otra novia igual.
Cuando el rey lo escuchó se puso contentísimo ya que como él no encontraba novia, al menos que su hija tuviera la oportunidad de casarse, y rápidamente se lo contó a ella:
La hija se asustó mucho cuando supo la decisión de su padre. Sin embargo, esperaba hacerle desistir de su proyecto. Entonces le dijo: —Antes de que se cumpla vuestro deseo, tengo que tener varios trajes: uno tan dorado como el sol, otro tan plateado como la luna y el tercero tan brillante como las estrellas; luego quiero un abrigo de toda clase de pieles. Cada animal de vuestro reino debe dar un trozo de su piel para confeccionarlo.
Ella pensó: “Es casi imposible lograr esto, y mientras tanto puedo apartar al consejero de sus malos pensamientos y a mi padre de lo que le estaba intentando hacer y así no tendré que casarme con el consejero y se le olvidará”.
El rey no cedió, y las doncellas más hábiles del reino tejieron los tres vestidos: uno tan dorado como el sol, otro tan plateado como la luna y el tercero tan brillante como las estrellas. Y sus cazadores apresaron a todos los animales del reino y le quitaron a cada uno un trozo de su piel; con ellos se hizo un abrigo de toda clase de pieles.
Finalmente, cuando la princesa tenía ya los 18 años, el rey le dijo que estaba ya todo preparado, y junto con el consejero, hizo traer el abrigo, lo extendió ante ella y dijo: —Mañana se celebrará la boda.
Cuando la princesa vio que no había esperanza alguna de cambiar los sentimientos del consejero ni la decisión de su padre, tomó la decisión de huir en la noche, mientras todos dormían. Se levantó y cogió tres de sus tesoros: la virgen, un trébol de tres hojas y el anillo de bodas; cogió los tres vestidos de sol, de luna y de estrellas, se puso el abrigo hecho con toda clase de pieles y se tiznó la cara y las manos. Luego se encomendó a Dios y partió, andando toda la noche hasta que llegó a un gran bosque. Como estaba muy cansada, se sentó en un árbol hueco y se durmió.
Salió el sol y ella seguía durmiendo; se hizo completamente de día y aún continuaba durmiendo. Entonces sucedió que el príncipe llamado Luis al que pertenecía el bosque fue a cazar allí. Llegaron sus perros al árbol, lo olfatearon y corrieron a su alrededor ladrando. El príncipe dijo a los cazadores: —Mirad a ver qué clase de animal salvaje se ha escondido ahí.
Los cazadores obedecieron el mandato y, cuando regresaron, le dijeron: —En el árbol hueco hay un animal maravilloso, como no hemos visto otro igual; su pellejo es de toda clase de pieles, está echado y duerme. —Mirad a ver si podéis apresarlo vivo —dijo el rey—; atadlo luego al carruaje y traedlo con vosotros.
Al apresar los cazadores a la joven, ésta se despertó sobresaltada y les dijo: —Soy una pobre criatura, abandonada de padre y madre; compadeceros de mí y llevadme con vosotros.
Entonces ellos dijeron. —«Toda-clase-de-pieles», tú sirves para estar en la cocina; vente y barrerás y limpiarás la cocina.
Así pues, la sentaron en el carruaje y la llevaron hasta el palacio real. Le asignaron un cuchitril bajo la escalera, donde no entraba la luz, y dijeron: —muchacha de toda clase de pieles, ahí puedes vivir y dormir.
Luego la enviaron a la cocina y ella traía el agua, la leña, atizaba el fuego, desplumaba las aves, limpiaba las verduras, barría el suelo y hacía todo el trabajo de la cocina que no podía hacer el cocinero. Así vivió la mujercita pobremente pasando desapercibida durante mucho tiempo. Pero cada vez que iba y venía de un lado para otro, veía al príncipe y le gustaba. 
Un día la reina le comentó al príncipe que ya tenía edad para casarse asique el príncipe decidió que le trajeran a todas las princesas más bellas del mundo para hacer una fiesta y conocerlas. 
Asique así fue, por lo que cuando llegó la primera fiesta, la muchacha le dijo entonces al cocinero: —por favor nunca he visto un baile, déjame subir y veo a las doncellas vestidas con sus preciosos vestidos, me esconderé detrás de unas cortinas y nadie me vera, lo prometo. El cocinero dijo: —Ve, pero en media hora tienes que estar de vuelta y ayudarme a hacer el caldo para el príncipe ya que todas las noches toma uno.
Ella cogió su lamparita de aceite, fue a su cuchitril, se quitó el abrigo de toda clase de pieles, se lavó el hollín de la cara y las manos, de manera que su belleza volvió a salir a la luz del día. Luego sacó el vestido que brillaba como el sol y se lo puso. Hecho esto, subió a la fiesta y todos le cedían el paso, pues nadie la conocía y pensaban que era una princesa. El príncipe le salió al paso, le dio la mano y bailó con ella pensando para sí: «Nunca he visto otra mujer más hermosa.»
Terminó el baile, se inclinó y, cuando el príncipe miró a su alrededor, había desaparecido sin que nadie supiera a dónde había ido. Entre tanto, ella fue a su cuchitril, se quitó rápidamente el vestido, se puso hollín en  la cara y las manos, se puso el abrigo de pieles, y otra vez quedó convertida en «Toda-clase-de-pieles». Cuando llegó a la cocina y quiso ponerse a trabajar y barrer la ceniza, dijo el cocinero: —Déjalo hasta mañana. Hazme la sopa para el príncipe, pero ten cuidado de que no se te caiga nada; si no, se lo diré al príncipe y te castigará.
El cocinero se fue y la muchacha hizo la sopa para el rey. Le hizo una sopa de pan todo lo mejor que supo ya que nunca había hecho una antes y, cuando estuvo terminada, cogió de su cuchitril su anillo dorado y lo puso en la fuente en la que estaba preparada la sopa. Cuando el baile terminó, el príncipe pidió la sopa y la comió, y le gustó tanto que pensó que nunca había comido otra igual. Al llegar al fondo de la fuente, vio la medallita de la virgen y no pudo comprender cómo había llegado hasta allí. Entonces ordenó al cocinero que se presentara ante él. El cocinero se asustó cuando oyó la orden y le dijo a «Toda-clase-de-pieles»: —Seguro que has dejado caer algún pelo en la sopa. Como sea verdad, te pego una paliza.
Cuando llegó ante el rey, éste le preguntó quién había preparado la sopa. El cocinero respondió: — ¡La he preparado yo! Pero el príncipe dijo: —No es verdad; estaba hecha de otra manera y mejor que otras veces.
El cocinero contestó: —Tengo que confesar que no la he hecho yo, sino la mujercita que me ayuda en las cocinas. Dijo el rey: —Hazla que suba.
Cuando «Toda-clase-de-pieles» llegó, le preguntó el rey: — ¿Quién eres? — ¡Yo soy una pobre criatura que no tiene padre ni madre! El siguió preguntando: — ¿De dónde has sacado el anillo que estaba en la sopa? Ella contestó: —No sé nada de ese anillo. Así que el rey no pudo aclarar nada y le dijo que se fuera.
Pasado algún tiempo, se celebró de nuevo una fiesta, y «Toda-clase-de-pieles» le volvió a pedir al cocinero que la dejara mirar como la última vez. —Sí —contestó él—, pero vuelve dentro de media hora y hazle la sopa de pan al príncipe que tanto le gusta.
Ella se dirigió entonces a su cuchitril, se lavó velozmente, esta vez sacó el traje que era tan plateado como la luna, y se lo puso. Subió y parecía una princesa. El príncipe salió a su encuentro y se alegró de verla de nuevo y, como empezaba en ese momento el baile, bailaron juntos. Pero cuando terminó el baile, desapareció tan rápidamente que el príncipe no pudo ver a dónde se dirigía.
Ella corrió a su cuchitril y se convirtió de nuevo en la mujercilla de la cocina y fue allí para preparar la sopa de pan. Aprovechando que el cocinero estaba arriba, cogió el trébol de tres hojas y lo metió en la fuente, de tal manera que preparó la sopa por encima del torno. Luego se la llevó al príncipe, que la comió y le supo tan rica como la vez pasada. 
El rey organizó una fiesta por tercera vez, y pasó lo mismo que las veces anteriores. De modo que el cocinero le dijo: —Tú eres una bruja, mujercita de toda clase de pieles. Siempre echas algo a la sopa para que esté muy rica y le sepa al príncipe mejor que la que hago yo.
Pero como se lo pidió tan insistentemente, la dejó ir un rato. Se puso el traje que brillaba como las estrellas y entró con él en la sala. El príncipe bailó nuevamente con la hermosa muchacha y pensaba que nunca había estado tan hermosa. Mientras bailaban, sin que ella se diera cuenta, le puso en el dedo un anillo de oro. Había ordenado que el baile durara mucho tiempo y cuando éste se acabó, quiso retenerla por las manos, pero ella se soltó y se mezcló entre la gente tan rápidamente, que desapareció de su vista. Corrió todo lo que pudo hasta su cuchitril, bajó la escalera, pero como se había entretenido mucho más de lo debido, no pudo quitarse el hermoso traje, sino que se echó el abrigo de pieles sobre él, y con la prisa no se tiznó del todo, sino que un dedo se le quedó blanco. «Toda-clase-de-pieles» se dirigió corriendo a la cocina, hizo la sopa de pan para el príncipe y en un momento en que el cocinero salió, puso dentro el anillo de oro.
Cuando el príncipe encontró el anillo de oro en el fondo, hizo llamar a «Toda-clase-de-pieles»; entonces vio su blanco dedo y el anillo que le había puesto en el baile. La cogió por la mano y la sujetó. Ella quiso soltarse y escapar, pero el abrigo de pieles se le abrió un poco y el príncipe pudo percibir el brillo del traje de estrellas. El rey tiró del abrigo, descubriendo los cabellos de oro de la princesa, que apareció ante él en todo su esplendor y ya no pudo ocultarse por más tiempo.
Cuando se quitó el hollín y la ceniza de la cara, era lo más hermoso que se había visto nunca en la tierra. Entonces el rey le dijo que si se casaba con ella que era muy hermosa y estaba enamorado. Ella se quedó sorprendida pero inmediatamente dijo que sí. Los reyes estaban muy contentos ya que el príncipe había encontrado a su princesa. Unos días más tarde, se celebró la esperada boda a la que también vinieron el padre de la princesa y toda la gente que vivía en ese palacio. El rey al ver a su hija, se dio cuenta de que era feliz y que esa vida era la que ella quería y la perdonó rápidamente que se hubiera escapado del palacio. Los príncipes se casaron, tuvieron hijos y fueron muy felices por siempre jamás.
Y colorin colorado este cuento se ha acabado.
Esta adaptación del cuento va dirigida a niños de 4 a 6 años.
Alguno de los cambios que he hecho en el cuento han sido:
  • He quitado el tema del incesto ya que creo que no es tema muy apropiado para tratar con niños, por lo que he sustituido al rey que se quería casar con su propia hija, por el consejero.
  • He quitado uno de los objetos que le deja la madre a la princesa, el de la rueca pienso que eso un niño no lo entendería asique he puesto un trébol de tres hojas.
Pero a su vez he mantenido muchas cosas del cuento como:
  • La princesa huye del castillo
  • La muerte de la reina 
  • El rey le regale los tres vestidos y el abrigo de toda clase de clase de pieles
  • Se pone a trabajar en las cocina
  • Y se casa con el príncipe

1 comentario:

  1. Has copiado el cuento de Toda clase de pieles de los Grimm y has cambiado dos cosas.... la adaptación incluye que tú lo redactes.

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